Leyendas

JOSÉ CALLEROS

Profesor Ricardo Santos Aldana


Las minas de José Calleros, eran la Clarina, El Triunfo, El Torreón. Le daban riqueza y sustento para sus muchos trabajadores pero él ambicionaba más, en cada cerro adivinaba ricos filones.
Un día subió a lo alto del cerro de Barreteros, a media noche invocó al maldito Lucifer, acudió a su llamado, le dio la facultad de señalar donde había plata y oro en abundancia.
El Real se engalanaba con las fastuosas celebraciones de José Calleros, pero había un detalle, no podía asistir a la iglesia.
Cuando apadrinaba una boda, designaba apoderados que lo representaban, algo común el la época, una vez que los esposos salían de la iglesia, él se incorporaba en su lujoso carruaje al  cortejo, arrojando monedas a la plebe.
El paso de los años mermo sus fuerzas, el fin se acercaba, dio instrucciones, para ser sepultado, agónico en lugar santo, bajo uno de los altares de la iglesia.
El demonio al no poder llevarse el alma de calleros, descargó su furia en la mina del Cajón de Tapacoya, el miedo invade a quien observa los negros testimonios y rayones de garras y cascos que están en los peñascos del lugar.

 

LA CULEBRA DE AGUA

Profesor Ricardo Santos Aldana

 

Con asombro, estupor y risas la población de la Villa se enteró que unos vagos de la plebe del barrio de la Loma de San Juan, habían colocado serios escapularios a un burro y a un perro y los hicieron pasear por la plaza, calles y callejones.
El Alcalde Mayor enterado de la situación por el atemorizado Sacerdote de la capilla de tan infausto suceso, dio instrucciones de atrapar a los confiscados y darles 50 azotes en el Atrio  de la Iglesia para expiar su pecado, tarea inútil, se habían esfumado.
Enterado el Sr. Obispo de tal acontecimiento, expresó con  indignación que el diluvio lavaría tal afrenta, realizada en el Mineral.
Eran los últimos días del mes de septiembre de 1750, unas copiosas mangas de lluvia y oleadas de fuertes vientos tenían atemorizadas a la población del Real y como nunca antes había sucedido, por espacio de 10 días  no había salido el sol.
Don Francisco Javier de Zayas y Córdoba, Teniente General y Capitán de Guerra compartía con el cura vicario el probable desenlace fatal de continuar las lluvias.
Varias casonas y bardas habianse derrumbado por la fuerte humedad, la iglesia en ocasiones parecía una isla, el arroyo grande casi llegaba al primer escalos del atrio, los torrentes descendían por la calle de arriba a la principal.
Cuando parecía que vendría la calma, empezó, al filo de mediodía, una intensa nublazón, de pronto, de la parte norte, en el cerro de la cobriza, se empezó a formar una descomunal “Culebra de Agua” que arrojó sobre el mineral, acompañado de impetuosos vientos, grandes cantidades de agua.
El venerable padre Javier Antonio Baltasar Alba y Santini había agotado los paseos por la pequeña población  para rogar al altísimo acabara con el inclemente temporal, los ancianos de las rancherías habían agotado sus raciones de sal arrojándola a las hornillas para acabar con las lluvias.
El padre Javier recordó que en sus años de estudiante un fenómeno similar se había presentado en algún lugar de la Nueva España y se le enfrentó con una Doncella que empuñaba una espada sagrada. Recordó  que en uno de los altares de su parroquia estaba el bulto de San Miguel  Arcángel.
Recordó que cerca de la iglesia vivía una doncella muy resuelta Maria Lucrecia Loreto Corral Ladrón de Guevara.
Rápido acudió con su familia, les comunicó su negro presentimiento y la única solución que creía, de no hacerlo, el Real sucumbiría. Loreto Corral fué a la iglesia, tomó la espada de San Miguel y en compañía del Padre y el Sacristán, subió al cerro de La Cobriza, por el rumbo de la Mina de los Tacotes, cortó la cabeza del animal, la lluvia cesó, el viento amainó y momentos después el sol de la tarde iluminó, calles y callejones del Real.

EL CHAFLÁN

Profesor Ricardo Santos Aldana


Desde pequeño demostró habilidades excepcionales en su raza, así lo reflejaba el brillo de sus ojos al sentirse acariciado o cuando alguien le llamaba por su nombre.
En apariencia era como todos los demás pues ninguna característica física lo distinguía  o lo hacia diferente.
Pero en que consistía ese algo de excepcional en El Chaflán. Pues verán ustedes, Doña Amelia Aragón, que vivió por la calle Francisco Javier Mina y Constitución, como toda ama de casa diariamente con la acostumbrada canasta, hacia sus compras en el mercado y en ese ir y venir se hacia acompañar por El Chaflán. Un buen día, sin pedírselo Doña Amelia, al concluir las compras mañaneras, El Chaflán tomo la canasta repleta de verduras, golosinas y otros alimentos y se acomidió a llevarla hasta la casa demostrando desinterés en el servicio prestado, no tomó nada del contenido de la canasta.
Desde entonces y con el asombro de los vecinos se hizo rutina que El Chaflán sirviera a Doña Amelia en esa forma.
En cierta ocasión, Doña Amelia enfermó por lo que no pudo hacer sus compras diarias por lo que el Chaflán tomando la canasta insinuó que él podía hacerlo por ella. Y se dirigió a la puerta, entendiendo el mensaje, Doña Amelia hizo una lista con lo que había que comprar y las respectivas monedas para el pago. El Chaflán tomo la calle Constitución, atravesó la Miguel Hidalgo y llegó a su destino. El tendero sorprendido le tomo la orden, coloco la mercancía, debidamente empacada en la canasta y El Chaflán salió rumbo a su casa.
Desde entonces la gente de Cosalá vió de manera natural que el Chaflán acudía por el periódico o comestibles en el mercado desentendiéndose de pleitos callejeros, árboles y postes que llaman tanto la atención a los de su especie.
Con el paso del tiempo Doña Amelia y El Chaflán partieron hacia la otra dimensión dejando bellos recuerdos a la familia y a los cosaltecos que por los años cuarenta fueron testigos de esos acontecimientos.